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viernes, 19 de agosto de 2011




Andaba calle abajo vibrante por el traquetear del empedrado, sintiendo sus músculos estirarse y contraerse con el golpe rítmico del mundo en las plantas de sus pies. La calle se volvía estrecha a medida que él aceleraba sus zancadas, cada vez más amplias, mientras el reflejo del sol sobre la calzaba le obligó a entornar los ojos hasta que su abertura permitía traspasar sólo un punto de luz. Frente a la oscuridad del párpado, un sólo lucero atravesando las córneas, taladrando los nervios.

Por el hueco se coló el recuerdo de su pasado en el Guadalquivir, “Como yo, cerca del mar, río de barro salobre” donde pescando la carpa dorada el arpón enganchó su axila y con un corte limpio y una parábola perfecta el miembro se izó hasta el mástil coronando el Estrella con la bandera de la carne, que con su pulgar señalaba siempre la estrella polar. El puño aún contraído por el deseo de atrapar el pez. Perdió su brazo, pero nunca volvería a perder el Norte.

En toda la comarca el pesquero comenzó a tener fama. Muchos pedían sus favores para navegar en los días nublados y poder hallar su destino al final de la jornada. El brazo del capitán se convirtió pronto en guía para todos los carpistas. Pronto su uso se extendió a quehaceres diversos y fue difícil conjugar horarios entre pescadores, buscadoras de setas, exploradores, turistas despistados, conductores de carros, vendedores ambulantes y dibujantes de mapas.

Fue entonces cuando el capitán vio la solución ante sus ojos. Con su único brazo corrió hasta el río para recoger cubos de barro. Manejó el timón hasta Almería, donde escudriñó las rocas hasta conseguir los cristales de yeso para crear copias y copias y copias de la brújula de carne, y llegó hasta el pueblo la montaña de miembros de barro, como libertad guiando al pueblo cubierta de polvo, recorriendo las aguas hasta la orilla.




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